jueves, 6 de junio de 2013

Tinelli, Lanata y el club de los subestimados

 

Luis Novaresio ~ Junio 6, 2013

La decisión de adelantar el “caliente” partido River-Independiente a la hora de la siesta dominguera es acertada. No hay dudas. Tampoco está tan mal que San Lorenzo-Argentinos se postergue para llevarlo fuera de los horarios en los que los comunes mortales trabajan un lunes. Sin embargo, ninguna de las dos decisiones responde a una política en serio de abordar los problemas de fondo: en el país del fútbol por antonomasia, la inseguridad no es una sensación sino una realidad acuciante y cualquier cosa sirve para intentar juntar dos votos más en los comicios que se nos vienen encima.

El sentido común primó por sobre el desprecio y el rencor por el rating hacia un programa de televisión que denuncia evidente corrupción, cuando el verdadero ministro de Seguridad Sergio Berni (¿no es hora ya de hablar de ministros “legales” y ministros “blue”?) le hizo entender al Poder Ejecutivo nacional que era un disparate para la vida terminar un partido a la medianoche siendo que la angustia de los que aman a su camiseta podrían quedar sometida a los mercenarios de la violencia. No se puede no celebrar ese gesto de sensatez a pesar de que algunos, con convicciones de cruzados, postulen vomitar a los que con templanza buscan términos medios. Es raro y de gran pobreza transitar una etapa de la realidad en donde no sólo el fin justifica los medios sino que la vida y la seguridad de la comunidad son un medio más,  parecido a la conveniencia electoral, en la balanza de las prioridades de algunos funcionarios. Sin embargo, haría falta dar un paso más: reconocer que el gobierno, el dueño del monopolio de la fuerza pública, no puede -o no quiere- enfrentar  la inseguridad que rodea al fútbol y entretiene a la tribuna con gambetas de color.  Jugar en estos términos con el reloj de un espectáculo público creyendo que la luz solar es la mejor aliada para combatir la violencia es asumir con todas las letras la impotencia para controlar de base esa misma  violencia.

“Acomodarle” el horario al club de Marcelo Tinelli se parece, por contraposición, a lo hecho con Jorge Lanata. A uno, calmarlo para que deje de enviar mensajes irónicos calificando (con sabor infeliz viniendo de un tipo de enorme creatividad) como “fútbol para desocupados” la convocatoria a jugar a las 4 de la tarde. Al otro, para restarle audiencia, tapando el sol de la demanda de muchos para saber si hay corrupción con la mano pequeña del programador de partidos que descubrió, ¡al final del campeonato!, que Boca, River, Independiente y los grandes clubes dan rating en la noche del domingo. A Tinelli para que no espante votantes. A Lanata para que no congregue opositores.

La gran duda es saber si estos dos gestos, tan visibles, tan obvios, sirven para obnubilar el entendimiento de los que votan. Porque de esto se trata: ¡son las elecciones, estúpido!, podría adecuarse un viejo dicho de ex presidente Clinton. Colecta electoral, de un lado y del otro, a cualquier precio.

Si es verdad que los ciudadanos de a pie creemos que hay menos violencia porque un River-Independiente se juega a la luz del día, si se mueve un horario porque el hombre más célebre y de trascendencia de la tele revolea dos twits venenosos, si creemos que el rating de un programa de televisión importa más que un fiscal que denuncia ante hechos concretos y no por videos pensados para el show mediático, entonces el problema no lo tendrá el que pergeña estas iniciativas sino el que se lo permite, se lo avala y no lo recuerda a la hora de las instituciones. Esos somos nosotros.  Sólo hay dos opciones. O nos subestiman porque no ven la realidad y creen que pueden dibujar situaciones, relatos y sus consecuencias o nos subestiman porque somos sujetos pasibles de subestimación. Y en ese último caso, buena parte de la realidad, nos la tendremos merecida.

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