sábado, 12 de septiembre de 2009

EL VALIOSO TIEMPO DE LOS MADUROS

 

Mensaje de Mario de Andrade (Poeta, novelista, ensayista y musicólogo  brasileño)

“Conté mis años y descubrí, que tengo menos tiempo para vivir de aquí en adelante, que el que viví hasta ahora...

Me siento como aquel chico que ganó un  paquete de golosinas: las primeras las comió con agrado, pero, cuando percibió que quedaban pocas, comenzó a saborearlas profundamente.

Ya no tengo tiempo para reuniones  interminables, donde se discuten estatutos, normas, procedimientos y reglamentos internos, sabiendo que no se va a lograr nada.

Ya no tengo tiempo para soportar absurdas personas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido.

Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades.

No quiero estar en reuniones donde desfilan egos inflados.

No tolero a maniobreros y ventajeros.

Me molestan los envidiosos, que tratan de desacreditar a los más capaces, para apropiarse de  sus lugares, talentos y logros.

Detesto, si soy testigo, de los defectos que genera la lucha por un majestuoso cargo. 

Las personas no discuten contenidos, apenas los títulos.

Mi tiempo es escaso como para discutir títulos.

Quiero la esencia, mi alma tiene prisa...

Sin muchas golosinas en el paquete...

Quiero vivir al lado de gente humana, muy humana.

Que sepa reír, de sus errores.

Que no se envanezca, con sus triunfos.

Que no se considere electa, antes de hora.

Que no huya, de sus responsabilidades.

Que defienda, la dignidad humana.

Y que desee tan sólo andar del lado de la verdad y la honradez.

Lo esencial es lo que hace que la vida valga la pena.

Quiero rodearme de gente, que sepa tocar el corazón de las personas…

Gente a quien los golpes duros de la vida, le enseñó a crecer con toques suaves en el alma.

Sí… tengo prisa… por vivir con la intensidad que sólo la madurez puede dar.

Pretendo no desperdiciar parte alguna de las golosinas que me quedan…

Estoy seguro que serán más exquisitas que las que hasta ahora he comido.

Mi meta es llegar al final satisfecho y en paz con mis seres queridos y con mi conciencia.

Espero que la tuya sea la misma, porque de cualquier manera llegarás..."

 

El Dr. Mario A.. Rosen es médico, educador, escritor, y empresario exitoso. Tiene 63 años. Socio fundador de Escuela de Vida, Columbia Training System, y Dr. Rosen & Asociados. Desde hace 15 años coordina grupos de entrenamiento en Educación Responsable para el Adulto. Ha coordinado estos cursos en Neuquén, Córdoba, Tucumán, Rosario, Santa Fe, Bahía Blanca y en Centro América. Médico residente y Becario en Investigación clínica del Consejo Nacional de Residencias Médicas (UBA). Premio Mezzadra de la Facultad de Ciencias Médicas al mejor trabajo de investigación (UBA). Concurrió a cursos de perfeccionamiento y actualización en conducta humana en EEUU y Europa. Invitado a coordinar cursos de motivación en Amway y Essen Argentina, Dealers de Movicom Bellsouth, EPSA, Alico Seguros, Nature, Laboratorios Parke Davis, Melaleuka Argentina, BASF.

La Argentina Insolente

En mi casa me enseñaron bien.
Cuando yo era un niño, en mi casa me enseñaron a honrar dos reglas sagradas:
Regla N° 1: En esta casa las reglas no se discuten.
Regla N° 2: En esta casa se debe respetar a papá y mamá.
Y esta regla se cumplía en ese estricto orden. Una exigencia de mam, que
nadie discutía... Ni siquiera papá. Astuta la vieja, porque así nos mantenía
A raya con la simple amenaza: “Ya van a ver cuando llegue pap”. Porque las
mamás estaban en su casa. Porque todos los papás salían a trabajar... Porque
había trabajo para todos los papás, y todos los papás volvían a su casa.
No había que pagar rescate o ir a retirarlos a la morgue. El respeto por la
Autoridad de papá (desde luego, otorgada y sostenida graciosamente por mi
mamá) era razón suficiente para cumplir las reglas.
Usted probablemente dirá que ya desde chiquito yo era un sometido, un
cobarde conformista o, si prefiere, un pequeño fascista, pero acépteme
esto: era muy aliviado saber que uno tenía reglas que respetar. Las reglas
me contenían, me ordenaban y me protegían. Me contenían al darme un
horizonte para que mi mirada no se perdiera en la nada, me protegían porque
podía apoyarme en ellas dado que eran sólidas.. Y me ordenaban porque es
bueno saber a qué atenerse. De lo contrario, uno tiene la sensación de
abismo, abandono y ausencia.
Las reglas a cumplir eran fáciles, claras, memorables y tan reales y
consistentes como eran “lavarse las manos antes de sentarse a la mesa”
o “escuchar cuando los mayores hablan”.
Había otro detalle, las mismas personas que me imponían las reglas eran las
mismas que las cumplían a rajatabla y se encargaban de que todos los de la
casa las cumplieran. No había diferencias. Éramos todos iguales ante la
Sagrada Ley Casera.
Sin embargo, y no lo dude, muchas veces desafié “las reglas” mediante el
sano y excitante proceso de la “travesura” que me permitía acercarme al
borde del universo familiar y conocer exactamente los límites.. Siempre era
descubierto, denunciado y castigado apropiadamente..
La travesura y el castigo pertenecían a un mismo sabio proceso que me
permitía mantener intacta mi salud mental. No había culpables sin castigo y
no había castigo sin culpables. No me diga, uno así vive en un mundo
predecible..
El castigo era una salida terapéutica y elegante para todos, pues alejaba el
rencor y trasquilaba a los privilegios. Por lo tanto las travesuras no eran
acumulativas. Tampoco existía el dos por uno. A tal travesura tal castigo.
Nunca me amenazaron con algo que no estuvieran dispuestos y preparados a
cumplir.
Así fue en mi casa. Y así se suponía que era más allá de la esquina de mi
casa. Pero no. Me enseñaron bien, pero estaba todo mal. Lenta y
dolorosamente comprobé que más allá de la esquina de mi casa había
“travesuras” sin “castigo, y una enorme cantidad de “reglas” que no se
cumplían, porque el que las cumple es simplemente un estúpido (o un boludo,
si me lo permite).
El mundo al cual me arrojaron sin anestesia estaba patas para arriba.
Conocí algo que, desde mi ingenuidad adulta (s, aún sigo siendo un
ingenuo), nunca pude digerir, pero siempre me lo tengo que comer: "la
impunidad". ¿Quiere saber una cosa? En mi casa no había impunidad. En mi
casa había justicia, justicia simple, clara, e inmediata. Pero también había
piedad.
Le explicaré: Justicia, porque “el que las hace las paga”. Piedad, porque
uno cumplía la condena estipulada y era dispensado, y su dignidad quedaba
intacta y en pie. Al rincón, por tanto tiempo, y listo... Y ni un minuto
más, y ni un minuto menos. Por otra parte, uno tenía la convicción de que
sería atrapado tarde o temprano, así que había que pensar muy bien antes de
sacar los pies del plato.
Las reglas eran claras. Los castigos eran claros. Así fue en mi casa.
Y así creí que sería en la vida. Pero me equivoqué. Hoy debo reconocer que
en mi casa de la infancia había algo que hacía la diferencia, y hacía que
todo funcionara. En mi casa había una “Tercera Regla” no escrita y, como
todas las reglas no escritas, tenía la fuerza de un precepto sagrado. Esta
fue la regla de oro que presidía el comportamiento de mi casa:
Regla N° 3: No sea insolente. Si rompió la regla, acéptelo, hágase
responsable, y haga lo que necesita ser hecho para poner las cosas en su
lugar.
Ésta es la regla que fue demolida en la sociedad en la que vivo. Eso es lo
que nos arruinó. LA INSOLENCIA. Usted puede romper una regla -es su riesgo-
pero si alguien le llama la atención o es atrapado, no sea arrogante e
insolente, tenga el coraje de aceptarlo y hacerse responsable. Pisar el
césped, cruzar por la mitad de la cuadra, pasar semáforos en rojo, tirar
papeles al piso, tratar de pisar a los peatones, todas son travesuras que se
pueden enmendar... a no ser que uno viva en una sociedad plagada de
insolentes. La insolencia de romper la regla, sentirse un vivo, e insultar,
ultrajar y denigrar al que responsablemente intenta advertirle o hacerla
respetar. Así no hay remedio.
El mal de los Argentinos es la insolencia. La insolencia está compuesta de
petulancia, descaro y desvergüenza. La insolencia hace un culto de cuatro
principios:
- Pretender saberlo todo
- Tener razón hasta morir
- No escuchar
- Tú me importas, sólo si me sirves.
La insolencia en mi país admite que la gente se muera de hambre y que los
niños no tengan salud ni educación. La insolencia en mi país logra que los
que no pueden trabajar cobren un subsidio proveniente de los impuestos que
pagan los que sí pueden trabajar (muy justo), pero los que no pueden
trabajar, al mismo tiempo cierran los caminos y no dejan trabajar a los que
sí pueden trabajar para aportar con sus impuestos a aquéllos que,
insolentemente, les impiden trabajar. Léalo otra vez, porque parece mentira.
Así nos vamos a quedar sin trabajo todos.
Porque a la insolencia no le importa, es pequeña, ignorante y arrogante.
Bueno, y así están las cosas. Ah, me olvidaba, ¿Las reglas sagradas de mi
casa serían las mismas que en la suya? Qué interesante. ¿Usted sabe que
demasiada gente me ha dicho que ésas eran también las reglas en sus casas?
Tanta gente me lo confirmó que llegué a la conclusión que somos una inmensa
mayoría. Y entonces me pregunto, si somos tantos, ¿por qué nos acostumbramos
tan fácilmente a los atropellos de los insolentes? Yo se lo voy a contestar.
PORQUE ES MÁS CÓMODO, y uno se acostumbra a cualquier cosa, para no tener
que hacerse responsable. Porque hacerse responsable es tomar un compromiso y
comprometerse es aceptar el riesgo de ser rechazado, o criticado. Además,
aunque somos una inmensa mayoría, no sirve para nada, ellos son pocos pero
muy bien organizados. Sin embargo, yo quiero saber cuántos somos los que
estamos dispuestos a respetar estas reglas.
Le propongo que hagamos algo para identificarnos entre nosotros. No tire
papeles en la calle. Si ve un papel tirado, levántelo y tírelo en un tacho
de basura. Si no hay un tacho de basura, llévelo con usted hasta que lo
encuentre. Si ve a alguien tirando un papel en la calle, simplemente
levántelo usted y cumpla con la regla 1. No va a pasar mucho tiempo en que
seamos varios para levantar un mismo papel.
Si es peatón, cruce por donde corresponde y respete los semáforos, aunque no
pase ningún vehículo, quédese parado y respete la regla.
Si es un automovilista, respete los semáforos y respete los derechos del
peatón. Si saca a pasear a su perro, levante los desperdicios.
Todo esto parece muy tonto, pero no lo crea, es el único modo de comenzar a
desprendernos de nuestra proverbial INSOLENCIA. Yo creo que la insolencia
colectiva tiene un solo antídoto, la responsabilidad individual.. Creo que la
grandeza de una nación comienza por aprender a mantenerla limpia y ordenada.
Si todos somos capaces de hacer esto, seremos capaces de hacer cualquier
cosa.
Porque hay que aprender a hacerlo todos los días. Ése es el desafío.
Los insolentes tienen éxito porque son insolentes todos los días, todo el
tiempo. Nuestro país está condenado: O aprende a cargar con la disciplina o
cargará siempre con el arrepentimiento.
¿A USTED QUÉ LE PARECE? ¿PODREMOS RECONOCERNOS EN LA CALLE ?
Espero no haber sido insolente. En ese caso, disculpe.
Dr. Mario Rosen
(¿Sería muy insolente si le pido que lo reenvíe?)

domingo, 6 de septiembre de 2009

 

Cr. Alejandro Gabriel Caridad

Especialista en federalismo fiscal

En los próximos días, el Congreso de la Nación tratará un proyecto de Ley que propone dejar sin efecto - para los años 2009 y 2010 - los principios básicos de la disciplina fiscal que deben observar la Nación, las Provincias y los Municipios con el fin de garantizar, la solvencia y sustentabilidad de las finanzas públicas a través de políticas fiscales sólidas, sostenidas y transparentes de mediano y largo plazo.

Este proyecto, desnuda el complejo frente fiscal que deban atravesar las provincias que a la luz de la actual coyuntura presentan serias dificultades para ejecutar sus presupuestos sin recurrir a mayor endeudamiento o modificar sus estructuras de gastos priorizando las erogaciones corrientes (sueldos, funcionamiento, etc.) sobre las de capital (infraestructura, obras públicas, etc.).

La adopción de estas medidas (mayor endeudamiento y gasto corriente) se encuentran en pugna con las sanas prácticas en el manejo de los fondos públicos que establece la Ley N° 25.917 de Responsabilidad Fiscal, cuyo cuerpo normativo tambalea ante la modificación propuesta.

Dicho esto, resulta relevante identificar las causas que llevaron a tomar esta iniciativa, para lo cual es importante repasar el desarrollo de la economía Argentina en los últimos años y su incidencia en el Sector Público.

En efecto, a partir del año 2003 y hasta fines de 2008 como consecuencia del círculo virtuoso generado por: el tipo de cambio post convertibilidad, los volúmenes exportados en función de la mayor demanda mundial y los precios de los comodities de los productos agropecuarios; la economía Argentina creció a un ritmo real no inferior al 7 % anual.

Este crecimiento, se tradujo en una notable mejora del perfil fiscal de la Nación, las Provincias y sus Municipios que en pocos años modificaron una situación de déficit crónico por otra de superávit, o al menos, de equilibrio presupuestario.

A este escenario alentador, debe agregarse la excepcional mejora de los recursos Nacionales como consecuencia del importante incremento de los Derechos de Importación y Exportación (no coparticipados con provincias) y la mejora en la recaudación del Impuesto a los Débitos y Créditos Bancarios cuyo producido se coparticipa con las provincias en un 30%, mientras que el 70 % restante corresponde al Gobierno Federal en orden a la afectación específica creada en el año 2001, en el marco de la Ley de Emergencia Económica.

En este contexto de bonanza económica y fiscal, en el año 2004 se sanciona la Ley Nº 25.917 de Responsabilidad Fiscal, la cual crea pautas que limitan el gasto público y el uso del endeudamiento de la Nación, las Provincias y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. El régimen además, establece normas básicas para formulación y ejecución presupuestaria sobre la base de las pautas marcofiscales que anualmente distribuye la Nación a las Provincias en oportunidad de formular su propio presupuesto.

Con el fin de asegurar el financiamiento de los gastos que se incluyen en cada presupuesto, las provincias adoptan las pautas macrofiscales que contienen la estimación de los recursos que efectivamente se espera percibir en el periodo que se está presupuestando, de conformidad a los términos de régimen de responsabilidad fiscal.

Este mecanismo, es como cuando una familia proyecta gastos sobre la base de los ingresos que tiene cada uno de sus integrantes y cuando los gastos excedan los ingresos familiares se debe recurrir a generar otras fuentes de financiamiento (créditos personales, uso de tarjetas de crédito y en el peor de los casos, venta de bienes para pagar alguna deudas que no pueden ser atendidas con esos ingresos), la responsabilidad fiscal, también limita tanto el gasto como el uso del endeudamiento.

En este contexto, el Gobierno Nacional, el 31 de agosto de 2008 informo las pautas macrofiscales proyectadas para el año 2009 (límite de endeudamiento, de gasto, tipo de cambio, crecimiento del PIB, recaudación y distribución proyectada, etc.), y sobre estos lineamientos las provincias elaboraron sus presupuestos para dicho año.

Con posterioridad a la crisis del mercado de capitales desatada a fines de 2008, el mundo cambio y la Argentina no fue ajena a la recesión externa e interna que se tradujo en menores niveles de inversión, actividad, disminución de exportaciones, caída del consumo, disminución de las utilidades de las empresas, que fueron las causas que en muy pocos meses, ocasionaron importantes disminuciones de los tributos recaudados por la Nación, parte de los cuales, se coparticipan con las provincias de conformidad al régimen de distribución de la Ley Nº 23.548.

La disminución de la recaudación fue tal que, para el ejercicio corriente los niveles de recursos tributarios percibidos se ubican muy por debajo de los montos consignados en los respectivos presupuestos Nacionales Provinciales y Municipales, situación esta, que trae como consecuencia directa la existencia de gasto público presupuestado sin fuente genuina de financiamiento.

Esta compleja situación se resuelve de dos formas:

1. La celebración de un nuevo Acuerdo Fiscal entre Nación, Provincias y la CABA que reasigne fondos nacionales al conjunto de provincias, lo cual de algún modo sería desandar el Laberinto de la Coparticipación, que en la época de la post converibilidad hizo que la Nación concentre mucho poder económico y mayores actividades estatales, en detrimento de las provincias que no participaron en la misma proporción de las mayores recaudaciones obtenidas en ese periodo.

2. Liberar el límite de endeudamiento permitido a las provincias por el régimen de responsabilidad fiscal vigente, para que estas puedan cumplir con los gastos presupuestados en el ejercicio 2009, y permitir el incremento del gasto corriente en detrimento del gasto de capital. Esta alterativa es riesgosa porque compromete el futuro de las finanzas provinciales en el corto y mediano plazo.

El proyecto de Ley impulsado recepta la segunda alternativa, proponiendo modificaciones que dejan sin efecto pautas básicas de disciplina fiscal referidas al límite del gasto público corriente y al endeudamiento por los años 2009 y 2010.

En la historia del federalismo fiscal de nuestra joven República, una vez más las provincias son espectadoras de los mecanismos que emplea la Nación para evitar hacer su propio ajuste, y en este contexto, es de esperar que sea la propia Nación la que asista con fondos al conjunto de provincias que deberán endeudarse para paliar sus déficit fiscales y atender sus gastos muchos de los cuales son inflexibles (sueldos, servicios básicos del estado)

Nuevamente quedará la sensación que el Gobierno Federal presta el mismo dinero a las provincias que alguna vez les detrajo mediante los numerosos Pactos Fiscales que en forma sistemática y recurrente direccionaron recursos de las provincias a favor de una Nación que siempre encontró argumentos para evitar hacer su propio ajuste o seguir concentrando poder económico en detrimento de las unidades constitutivas de la República: las Provincias.