Londres, 9 de octubre de 1747
Mi querido hijo
Los
jóvenes de tu edad obran por lo regular con una franqueza irreflexiva,
que les hace caer incautamente en las garras de los hombres astutos y
experimentados. Todo bribón o trapacero que se les vende por su amigo,
lo consideran como tal, y pagan esa simulada amistad con una confianza
indiscreta e ilimitada, que siempre les es muy costosa y ocasiona muchas
veces su ruina. Guárdate pues, ahora que vas entrando en el mundo, de
estas prometidas amistades; acógelas con mucha urbanidad, mas al mismo
tiempo con suma desconfianza; págalas con cumplimientos, pero nunca les
abras tu pecho. No permitas que tu vanidad y tu amor propio te persuadan
de que los hombres se convierten en amigos tuyos a primera vista, o aun
a poco de haberte conocido. La verdadera amistad es una planta que
crece lentamente (...).
"Puedes ser enemigo declarado de sus vicios y locuras, sin que te consideren como enemigo personal"
[...]
... pero al mismo tiempo de evitar la amistad de bribones y de necios,
si tal puede llamarse amistad, no hay necesidad de que los conviertas
gratuitamente en enemigos tuyos, porque forman gremios muy numerosos y
temibles. Yo, en vez de alianza o guerra con ninguno de ellos, elegiría
más bien una neutralidad tranquila y segura; y tú puedes ser enemigo
declarado de sus vicios y locuras, sin que te consideren como enemigo
personal. Después de su amistad nada debes temer más que su enojo.
Procura ser realmente reservado con casi todo el mundo, pero cuidando de
que esta reserva no se manifieste exteriormente, porque es cosa muy
desagradable parecer reservado, y muy peligroso no serlo en efecto.
Pocas personas encuentran el justo medio, muchas son ridículamente
misteriosas en bagatelas, y otras comunican con la mayor imprudencia
cuanto saben.
Londres, 16 de octubre de 1747
Mi querido hijo
El arte de agradar es muy útil en la vida, pero no se adquiere fácilmente (...)
El medio más seguro de agradar que yo conozco es tratar a los otros como querríamos que ellos nos tratasen.
Observa pues atentamente lo que te agrada en los demás y es probable
que les agradarás imitándolos. (...) No cuentes historias en sociedad,
porque nada es más fastidioso y desagradable; pero si casualmente se te
ocurre alguna muy corta y que venga bien al objeto de la conversación,
relátala de la manera más sucinta (...). Ante todo, evita hablar de ti
mismo en la conversación, y nunca ocupes a nadie con tus asuntos
personales o tus negocios privados (...)
"No procures, como hacen muchos, que la conversación recaiga sobre materia que pueda presentarte ocasión de lucir tus talentos"
Sea
cual fuere la opinión que tengas de tus talentos, no los ostentes con
afectación, no procures, como hacen muchos, que la conversación recaiga
sobre materia que pueda presentarte ocasión de lucirlos. Si son reales,
aparecerán infaliblemente, y de una manera más ventajosa que
señalándolos tu mismo. Nunca sostengas una opinión con calor y
vociferaciones, aun cuando conozcas que tienes razón: manifiesta tu
parecer con modestia y sangre fría, medio único de convencer; y si éste
no bastase, trata de cambiar la conversación, diciendo con buen humor:
"Difícilmente nos convenceremos uno a otro, y no siendo necesario que
estemos de acuerdo, más vale hablar de otra cosa".
Todas las cartas que Lord Chesterfield le envió a su hijo fueron compiladas en un libro
Londres, 15 de enero de 1748
Mi querido hijo
(...)
...si en realidad piensas ser ministro de Estado, hay varias
circunstancias de poca monta sobre las cuales debes tomar una resolución
previa. La primera es la idoneidad que requiere el puesto, y para
tenerla es necesario que conozcas perfectamente la historia antigua y
moderna, los idiomas, la constitución y forma de gobierno de cada
nación, el aumento o la decadencia de los imperios antiguos y modernos, y
saber trazar un plan razonado de las causas de uno y otro; finalmente,
se requiere que conozcas la fuerza, las riquezas y el comercio de cada
país. Estas cositas, por insignificantes que parezcan, son sin embargo
muy necesarias a un político, por cuya razón presumo que tratarás de
aplicarte a ellas. Hay otros requisitos necesarios en la práctica de los
negocios, y merecen que los consideres en tus ratos desocupados, tales
como el dominio absoluto sobre tu temperamento de modo que nada sea
capaz de provocar tu cólera:
paciencia para escuchar peticiones
frívolas, impertinentes e inmoderadas, con bastante arte como para
rehusar sin ofender, o para doblar el valor de la obligación por la
manera de concederla; mucha destreza para ocultar la verdad sin
decir una mentira ; harta sagacidad para leer en los semblantes de las
gentes, y serenidad bastante para no dejarles descubrir nada en el tuyo;
finalmente, una franqueza aparente con una real reserva. Estos son los
primeros rudimentos de un político, y el mundo debe ser tu gramática.
"El
distintivo de un hombre bien educado es conversar con sus inferiores
sin altanería, y con sus superiores con respeto y desembarazo"
Londres, 17 de mayo de 1748
Mi querido hijo
Las
gentes de educación baja y oscura no pueden soportar los rayos de la
grandeza; se desconciertan y pierden el sentido cuando los reyes o los
grandes hombres les dirigen la palabra; se muestran torpes y
avergonzados sin saber qué responder ni por dónde empezar; a la vez que
las personas de condición no se deslumbran con el brillo de la dignidad,
conocen y pagan todo el respeto que le es debido, pero lo hacen sin
desconcierto, y pueden conversar con un rey con el mismo desembarazo que
con cualquiera de sus súbditos. (...) El distintivo de un hombre bien
educado es conversar con sus inferiores sin altanería, y con sus
superiores con respeto y desembarazo.
Londres, 8 de septiembre de 1748
Mi querido hijo
Nunca
cedas a aquella fuerte tentación que experimenta la mayor parte de la
juventud de exponer las debilidades o deslices ajenos, con ánimo de
divertir a la compañía o hacer alarde de tu superioridad.
Por lo pronto obtendrás la risa de los oyentes, pero te crearás enemigos irreconciliables,
y aun los mismos que hubieren reído contigo, luego que reflexionen, te
temerán y por consiguiente te odiarán. Además una conducta semejante
indica malignidad, porque un buen corazón desea más bien ocultar que
exponer los defectos o desventuras del prójimo.
Bath, 19 de octubre de 1748
Mi querido hijo
No
escuches escándalos voluntariamente, ni hables mal de ninguno, porque
aunque la difamación del prójimo pueda por lo pronto ser grata a la
malignidad y orgullo de nuestros corazones, la fría reflexión deduce
después conclusiones muy desventajosas de una índole semejante; y en el
caso de difamación como en el de robo, el encubridor aparece siempre tan
culpable como el ladrón.
"Para juzgar bien el corazón humano, estudia el tuyo propio, porque los hombres en general son muy parecidos"
Londres, 22 de mayo de 1749
Mi querido hijo
Para
juzgar bien el corazón humano, estudia el tuyo propio, porque los
hombres en general son muy parecidos (...) Por ejemplo, ¿hallas que te
ofende y mortifica que otro haga sentir que es superior a ti en saber,
penetración, categoría o fortuna? Pues entonces no dudo que tendrás gran
cuidado de no hacer sentir esta superioridad, si la tienes, a una
persona cuyo influjo y amistad te interesare ganar. (...) Cuando se
dijeren de ti cosas de esta especie [insinuaciones desagradables] la
conducta más prudente es aparentar que no las has tomado como referentes
a ti, ocultando y disimulando cualquier grado de cólera que pudieres
sentir interiormente; y si los discursos fueran tan claros que no pueda
suponerse que ignoras su significado, vale más que te rías de ti mismo
con la compañía reconociendo que el martillo dio en el clavo, y que la
idea es chusca; muestra un buen humor aparente, pero de ninguna manera
repliques bajo el mismo tono, porque no harías más de declarar que te
sientes herido y publicar la victoria que podías haber ocultado; mas si
el discurso fuese injurioso a tu honor o a tu carácter moral, no queda
más de una sola réplica, que espero no tendrás nunca ocasión de poner en
obra.
Las cartas de Lord Chesterfield a su hijo se convirtieron en una obra clásica
Londres, 10 de agosto de 1749
Mi querido hijo
Volvamos
a tomar el hilo de nuestras reflexiones sobre los hombres, sus
caracteres, sus maneras; en una palabra aquellas observaciones sobre el
mundo que pueden contribuir a que te formes y conozcas bien a los demás.
Este conocimiento, utilísimo en todas las edades, es muy raro en la
tuya; y se diría que nadie tiene misión de comunicarlo a los jóvenes,
visto que los maestros no les enseñan más que los idiomas o las
ciencias.
(...) ... los retozos, las frecuentes risadas, las
burlas, las chocarrerías y las familiaridades con todo el mundo son
cosas que envilecen al mérito y al saber (...). La extrema familiaridad
ofende a tus superiores [y] si la usas con tus inferiores, es darles
derecho de igualarse a ti, y esto acarrea mil disgustos e impropiedades.
(...)
La adulación y la condescendencia sin límites degradan
tanto como la contradicción ciega y ruidosa enfada y disgusta; mas una
exposición modesta de nuestro sentir, y una docilidad complaciente por
la opinión de otro, conservan ilesa la dignidad. Las expresiones bajas y
vulgares, y los movimientos y gestos groseros envilecen a un hombre,
porque anuncian que tiene poco ingenio o que ha recibido mala educación y
frecuentado compañías despreciables. (...)
Cierto grado de
seriedad exterior, tanto en las miradas como en los movimientos,
comunica dignidad, sin excluir el ingenio ni la decente alegría. Una
cara siempre risueña, y un cuerpo en continua agitación son indicios de
mucha futileza. El que se precipita manifiesta que lo que trae entre
manos es superior a sus fuerzas. La diligencia y la precipitación son
dos cosas muy diferentes.
"Observa con tus amigos un grado de reserva que no te deje a su discreción el día que pudieren convertirse en tus enemigos"
Londres, 21 de agosto de 1749
Mi querido hijo
Nada
en las Cortes es tal como se presenta. (...) El interés, gran móvil de
cuanto allí se hace, crea y destruye igualmente las amistades; produce y
reconcilia las enemistades; o, más bien, no da lugar a que existan en
realidad ni unas ni otras, porque,
según la exacta observación de Dryden, "los políticos ni aman ni aborrecen". Esto
es tan cierto que hoy puedes considerarte en relaciones con dos amigos,
y tener mañana que optar entre ellos como enemigos. Observa pues con
tus amigos un grado de reserva que no te deje a su discreción el día que
pudieren convertirse en tus enemigos,
y un grado de moderación con tus enemigos que nunca les impida tornarse en tus amigos. (...)
Un
hombre discreto y a favor no necesita adular en las cortes a todo el
mundo; pero sí debe tener gran cuidado de no ofender a ninguno, porque
lo que carecieren de medios de serle útil tienen siempre en su mano los
de perjudicarle. (...) en todas las Cortes hay también
una cadena que liga al príncipe o al ministro con el lacayo o la camarera.
La reina o una querida tiene influencia sobre el rey; un amante la
tiene sobre una de ellas; un paje o una camarera la tiene sobre los dos,
así
ad infinitum. Es pues necesario que no rompas un solo eslabón de esta cadena que debe hacerte subir hasta el príncipe.
"Trata de hacer conocimiento con algunos miembros (de órdenes religiosas), principalmente los jesuitas"
Londres, 9 de octubre de 1749
Mi querido hijo
[
El hijo de Lord Chesterfield se encuentra en Italia]
Hallarás
en Roma todas las órdenes religiosas del mundo cristiano. Infórmate
cuidadosamente de su origen, de sus fundadores, de sus reglas, de sus
reformas, y aun de sus trajes o hábitos. Trata de hacer conocimiento con
algunos de sus miembros, principalmente los jesuitas, cuya sociedad
considero hoy como la más capaz y mejor gobernada del mundo. Entra en
relación, si puedes, con su general, que siempre reside en Roma, y que,
sin ningún poder aparente fuera de la sociedad, tiene quizá más real influencia en todo el mundo que ningún príncipe temporal, sea el que fuere.
Los jesuitas se han apoderado casi exclusivamente de la educación de la
juventud; son por lo regular confesores de la mayor parte de los
príncipes de Europa, y también los principales misioneros en las otras
partes del mundo, cuyas tres funciones les dan el influjo más extenso y
las ventajas más sólidas; dígalo si no su establecimiento en el
Paraguay. Todos los católicos claman contra esta sociedad y se dejan sin
embargo gobernar por sus miembros, que
han sido desterrados
alternativamente y con infamia de casi todos los países europeos, y han
encontrado siempre medios para reinstalarse, y aun para ser
admitidos en triunfo. En una palabra, yo no sé que haya en el mundo un
gobierno conducido por principios de política más profundos, sin que
pueda yo agregar de moralidad.