domingo, 3 de enero de 2016

Cartas de Lord Chesterfield a su hijo


Londres, 9 de octubre de 1747
Mi querido hijo
Los jóvenes de tu edad obran por lo regular con una franqueza irreflexiva, que les hace caer incautamente en las garras de los hombres astutos y experimentados. Todo bribón o trapacero que se les vende por su amigo, lo consideran como tal, y pagan esa simulada amistad con una confianza indiscreta e ilimitada, que siempre les es muy costosa y ocasiona muchas veces su ruina. Guárdate pues, ahora que vas entrando en el mundo, de estas prometidas amistades; acógelas con mucha urbanidad, mas al mismo tiempo con suma desconfianza; págalas con cumplimientos, pero nunca les abras tu pecho. No permitas que tu vanidad y tu amor propio te persuadan de que los hombres se convierten en amigos tuyos a primera vista, o aun a poco de haberte conocido. La verdadera amistad es una planta que crece lentamente (...).
"Puedes ser enemigo declarado de sus vicios y locuras, sin que te consideren como enemigo personal"
[...] ... pero al mismo tiempo de evitar la amistad de bribones y de necios, si tal puede llamarse amistad, no hay necesidad de que los conviertas gratuitamente en enemigos tuyos, porque forman gremios muy numerosos y temibles. Yo, en vez de alianza o guerra con ninguno de ellos, elegiría más bien una neutralidad tranquila y segura; y tú puedes ser enemigo declarado de sus vicios y locuras, sin que te consideren como enemigo personal. Después de su amistad nada debes temer más que su enojo. Procura ser realmente reservado con casi todo el mundo, pero cuidando de que esta reserva no se manifieste exteriormente, porque es cosa muy desagradable parecer reservado, y muy peligroso no serlo en efecto. Pocas personas encuentran el justo medio, muchas son ridículamente misteriosas en bagatelas, y otras comunican con la mayor imprudencia cuanto saben.
Londres, 16 de octubre de 1747
Mi querido hijo
El arte de agradar es muy útil en la vida, pero no se adquiere fácilmente (...) El medio más seguro de agradar que yo conozco es tratar a los otros como querríamos que ellos nos tratasen. Observa pues atentamente lo que te agrada en los demás y es probable que les agradarás imitándolos. (...) No cuentes historias en sociedad, porque nada es más fastidioso y desagradable; pero si casualmente se te ocurre alguna muy corta y que venga bien al objeto de la conversación, relátala de la manera más sucinta (...). Ante todo, evita hablar de ti mismo en la conversación, y nunca ocupes a nadie con tus asuntos personales o tus negocios privados (...)
"No procures, como hacen muchos, que la conversación recaiga sobre materia que pueda presentarte ocasión de lucir tus talentos"
Sea cual fuere la opinión que tengas de tus talentos, no los ostentes con afectación, no procures, como hacen muchos, que la conversación recaiga sobre materia que pueda presentarte ocasión de lucirlos. Si son reales, aparecerán infaliblemente, y de una manera más ventajosa que señalándolos tu mismo. Nunca sostengas una opinión con calor y vociferaciones, aun cuando conozcas que tienes razón: manifiesta tu parecer con modestia y sangre fría, medio único de convencer; y si éste no bastase, trata de cambiar la conversación, diciendo con buen humor: "Difícilmente nos convenceremos uno a otro, y no siendo necesario que estemos de acuerdo, más vale hablar de otra cosa".
Todas las cartas que Lord Chesterfield le envió a su hijo fueron compiladas en un libro
Londres, 15 de enero de 1748
Mi querido hijo
(...) ...si en realidad piensas ser ministro de Estado, hay varias circunstancias de poca monta sobre las cuales debes tomar una resolución previa. La primera es la idoneidad que requiere el puesto, y para tenerla es necesario que conozcas perfectamente la historia antigua y moderna, los idiomas, la constitución y forma de gobierno de cada nación, el aumento o la decadencia de los imperios antiguos y modernos, y saber trazar un plan razonado de las causas de uno y otro; finalmente, se requiere que conozcas la fuerza, las riquezas y el comercio de cada país. Estas cositas, por insignificantes que parezcan, son sin embargo muy necesarias a un político, por cuya razón presumo que tratarás de aplicarte a ellas. Hay otros requisitos necesarios en la práctica de los negocios, y merecen que los consideres en tus ratos desocupados, tales como el dominio absoluto sobre tu temperamento de modo que nada sea capaz de provocar tu cólera: paciencia para escuchar peticiones frívolas, impertinentes e inmoderadas, con bastante arte como para rehusar sin ofender, o para doblar el valor de la obligación por la manera de concederla; mucha destreza para ocultar la verdad sin decir una mentira ; harta sagacidad para leer en los semblantes de las gentes, y serenidad bastante para no dejarles descubrir nada en el tuyo; finalmente, una franqueza aparente con una real reserva. Estos son los primeros rudimentos de un político, y el mundo debe ser tu gramática.
"El distintivo de un hombre bien educado es conversar con sus inferiores sin altanería, y con sus superiores con respeto y desembarazo"
Londres, 17 de mayo de 1748
Mi querido hijo
Las gentes de educación baja y oscura no pueden soportar los rayos de la grandeza; se desconciertan y pierden el sentido cuando los reyes o los grandes hombres les dirigen la palabra; se muestran torpes y avergonzados sin saber qué responder ni por dónde empezar; a la vez que las personas de condición no se deslumbran con el brillo de la dignidad, conocen y pagan todo el respeto que le es debido, pero lo hacen sin desconcierto, y pueden conversar con un rey con el mismo desembarazo que con cualquiera de sus súbditos. (...) El distintivo de un hombre bien educado es conversar con sus inferiores sin altanería, y con sus superiores con respeto y desembarazo.
Londres, 8 de septiembre de 1748
Mi querido hijo
Nunca cedas a aquella fuerte tentación que experimenta la mayor parte de la juventud de exponer las debilidades o deslices ajenos, con ánimo de divertir a la compañía o hacer alarde de tu superioridad. Por lo pronto obtendrás la risa de los oyentes, pero te crearás enemigos irreconciliables, y aun los mismos que hubieren reído contigo, luego que reflexionen, te temerán y por consiguiente te odiarán. Además una conducta semejante indica malignidad, porque un buen corazón desea más bien ocultar que exponer los defectos o desventuras del prójimo.
Bath, 19 de octubre de 1748
Mi querido hijo
No escuches escándalos voluntariamente, ni hables mal de ninguno, porque aunque la difamación del prójimo pueda por lo pronto ser grata a la malignidad y orgullo de nuestros corazones, la fría reflexión deduce después conclusiones muy desventajosas de una índole semejante; y en el caso de difamación como en el de robo, el encubridor aparece siempre tan culpable como el ladrón.
"Para juzgar bien el corazón humano, estudia el tuyo propio, porque los hombres en general son muy parecidos"
Londres, 22 de mayo de 1749
Mi querido hijo
Para juzgar bien el corazón humano, estudia el tuyo propio, porque los hombres en general son muy parecidos (...) Por ejemplo, ¿hallas que te ofende y mortifica que otro haga sentir que es superior a ti en saber, penetración, categoría o fortuna? Pues entonces no dudo que tendrás gran cuidado de no hacer sentir esta superioridad, si la tienes, a una persona cuyo influjo y amistad te interesare ganar. (...) Cuando se dijeren de ti cosas de esta especie [insinuaciones desagradables] la conducta más prudente es aparentar que no las has tomado como referentes a ti, ocultando y disimulando cualquier grado de cólera que pudieres sentir interiormente; y si los discursos fueran tan claros que no pueda suponerse que ignoras su significado, vale más que te rías de ti mismo con la compañía reconociendo que el martillo dio en el clavo, y que la idea es chusca; muestra un buen humor aparente, pero de ninguna manera repliques bajo el mismo tono, porque no harías más de declarar que te sientes herido y publicar la victoria que podías haber ocultado; mas si el discurso fuese injurioso a tu honor o a tu carácter moral, no queda más de una sola réplica, que espero no tendrás nunca ocasión de poner en obra.
Las cartas de Lord Chesterfield a su hijo se convirtieron en una obra clásica
Londres, 10 de agosto de 1749
Mi querido hijo
Volvamos a tomar el hilo de nuestras reflexiones sobre los hombres, sus caracteres, sus maneras; en una palabra aquellas observaciones sobre el mundo que pueden contribuir a que te formes y conozcas bien a los demás. Este conocimiento, utilísimo en todas las edades, es muy raro en la tuya; y se diría que nadie tiene misión de comunicarlo a los jóvenes, visto que los maestros no les enseñan más que los idiomas o las ciencias.
(...) ... los retozos, las frecuentes risadas, las burlas, las chocarrerías y las familiaridades con todo el mundo son cosas que envilecen al mérito y al saber (...). La extrema familiaridad ofende a tus superiores [y] si la usas con tus inferiores, es darles derecho de igualarse a ti, y esto acarrea mil disgustos e impropiedades. (...)
La adulación y la condescendencia sin límites degradan tanto como la contradicción ciega y ruidosa enfada y disgusta; mas una exposición modesta de nuestro sentir, y una docilidad complaciente por la opinión de otro, conservan ilesa la dignidad. Las expresiones bajas y vulgares, y los movimientos y gestos groseros envilecen a un hombre, porque anuncian que tiene poco ingenio o que ha recibido mala educación y frecuentado compañías despreciables. (...)
Cierto grado de seriedad exterior, tanto en las miradas como en los movimientos, comunica dignidad, sin excluir el ingenio ni la decente alegría. Una cara siempre risueña, y un cuerpo en continua agitación son indicios de mucha futileza. El que se precipita manifiesta que lo que trae entre manos es superior a sus fuerzas. La diligencia y la precipitación son dos cosas muy diferentes.
"Observa con tus amigos un grado de reserva que no te deje a su discreción el día que pudieren convertirse en tus enemigos"
Londres, 21 de agosto de 1749
Mi querido hijo
Nada en las Cortes es tal como se presenta. (...) El interés, gran móvil de cuanto allí se hace, crea y destruye igualmente las amistades; produce y reconcilia las enemistades; o, más bien, no da lugar a que existan en realidad ni unas ni otras, porque, según la exacta observación de Dryden, "los políticos ni aman ni aborrecen". Esto es tan cierto que hoy puedes considerarte en relaciones con dos amigos, y tener mañana que optar entre ellos como enemigos. Observa pues con tus amigos un grado de reserva que no te deje a su discreción el día que pudieren convertirse en tus enemigos, y un grado de moderación con tus enemigos que nunca les impida tornarse en tus amigos. (...)
Un hombre discreto y a favor no necesita adular en las cortes a todo el mundo; pero sí debe tener gran cuidado de no ofender a ninguno, porque lo que carecieren de medios de serle útil tienen siempre en su mano los de perjudicarle. (...) en todas las Cortes hay también una cadena que liga al príncipe o al ministro con el lacayo o la camarera. La reina o una querida tiene influencia sobre el rey; un amante la tiene sobre una de ellas; un paje o una camarera la tiene sobre los dos, así ad infinitum. Es pues necesario que no rompas un solo eslabón de esta cadena que debe hacerte subir hasta el príncipe.
"Trata de hacer conocimiento con algunos miembros (de órdenes religiosas), principalmente los jesuitas"
Londres, 9 de octubre de 1749
Mi querido hijo
[El hijo de Lord Chesterfield se encuentra en Italia]
Hallarás en Roma todas las órdenes religiosas del mundo cristiano. Infórmate cuidadosamente de su origen, de sus fundadores, de sus reglas, de sus reformas, y aun de sus trajes o hábitos. Trata de hacer conocimiento con algunos de sus miembros, principalmente los jesuitas, cuya sociedad considero hoy como la más capaz y mejor gobernada del mundo. Entra en relación, si puedes, con su general, que siempre reside en Roma, y que, sin ningún poder aparente fuera de la sociedad, tiene quizá más real influencia en todo el mundo que ningún príncipe temporal, sea el que fuere. Los jesuitas se han apoderado casi exclusivamente de la educación de la juventud; son por lo regular confesores de la mayor parte de los príncipes de Europa, y también los principales misioneros en las otras partes del mundo, cuyas tres funciones les dan el influjo más extenso y las ventajas más sólidas; dígalo si no su establecimiento en el Paraguay. Todos los católicos claman contra esta sociedad y se dejan sin embargo gobernar por sus miembros, que han sido desterrados alternativamente y con infamia de casi todos los países europeos, y han encontrado siempre medios para reinstalarse, y aun para ser admitidos en triunfo. En una palabra, yo no sé que haya en el mundo un gobierno conducido por principios de política más profundos, sin que pueda yo agregar de moralidad.

Domingo 3 de enero, 2016 La extinción del kirchnerismo

Julio Bárbaro
Gobernar implica hacerse cargo del destino colectivo. En algunos casos, como en el nuestro, coincide con el hecho de cargar sobre las espaldas de quien lo intente una compleja historia de frustración donde todos compartimos la idea del fracaso pero tenemos diferencias respecto de cuándo comenzó. Para colmo de males, algún resentido recuerda cada tanto que somos un actor frustrado en la carrera hacia el podio de las grandes sociedades, como si las rentas económicas pudieran crecer aisladas de una conciencia de clase dirigente. Somos un crisol de razas y eso nos ayuda en talento tanto como nos complica en la manera de pararnos en la vida. Somos una sociedad donde algunos creen que de la suma y amontonamiento de las ambiciones individuales puede surgir una conciencia colectiva.
Estamos superando un Gobierno que logró ocultar su ambición desmesurada de poder económico y político a cambio de la entrega de un espacio secundario de esa ambición a los restos de antiguos participes de revoluciones fracasadas. Pocas veces en la historia el enriquecimiento de unos pocos fue disimulado con tanta perversión en la ayuda de los muchos. Ahora logramos superar ajustadamente aquella desmesura, y el kirchnerismo vencido resiste en su camino a convertirse en un simple partido de izquierda, capaz de generar respuestas justificadoras y convocar debates masivos, logrando en la calle lo que jamás los acompaña en la urna. El kirchnerismo fue eso: un poder construido en torno a un peronismo al que no respetaba y acompañado de una izquierda extraviada en sus objetivos, enamorada del poder por encima de cualquier supuesto proyecto.
Ahora viene el tiempo de las democracias plenas, del respeto y la colaboración entre adversarios; tambien es necesario recuperar los partidos políticos. Vivimos un tiempo donde las instituciones fueron sustituidas por los hombres. Ni el peronismo ni el radicalismo contienen a sus militantes, sólo se afincan en personajes que se ocupan más en distribuir poder prebendario que en debatir proyectos necesarios.
La sociedad se reconcilió con la política. Libros, programas en los medios, debates importantes son seguidos por un público que sin ser masivo ocupa un lugar significativo. El miedo que nos legó el kirchnerismo fue importante para asumir la necesidad de comprometernos con lo colectivo. En alguna medida, el debate intelectual quedó reducido al espacio del periodismo, con mayor profundidad -en muchos casos- que los de los mismos partidos. La política arrastra merecidamente la carga de la corrupción y de la sola obsesión por el poder. Cada tanto cae alguno preso entonces, la sociedad toma conciencia que la corrupción sólo es castigada en caso de un accidente, pero siempre queda claro que la corrupción, no es una circunstancia sino un sistema integrado a la forma en que se maneja el poder.
Estamos recuperando la relación madura entre adversarios que se respetan, superando para siempre los odios de enemigos que se persiguen. El kirchnerismo desaparece, lento pero seguro, ejercito derrotado que sufre deserciones y tiene su poder reducido a daños coyunturales. Hoy son más el producto de analistas; intentan un proceso de resistencia más nostálgico que viable, pero nada en la vida resulta tan fácil. Las elecciones nos regalaron lo esencial: el triunfo, y ahora nosotros debemos llenarlo de contenido. Necesitamos construir un nuevo relato o mirada sobre nuestro pasado y una nueva manera de relacionarnos entre nosotros, donde las ideas comiencen a ocupar algún espacio que les deje libre los negocios y la simple ambición.
Tenemos mucho para festejar, pero también mucho para hacer. Algún simplificador podría imaginar que la historia es tan fácil como el simple pasar “de la demencia a la gerencia” pero nada es tan simple y queda demasiado por hacer.
Estamos entrando en la madurez de la democracia, necesitamos recuperar el respeto al talento y a la dignidad de la coherencia. Oportunistas es lo que sobran, se requieren espíritus libres dispuestos a pensar un futuro colectivo. Y de esos todavía hay pocos, pero se necesitan varios para poder superar de una vez por toda esta atroz decadencia. Que las ideas, el talento y el prestigio recuperen su espacio y sustituyan a los operadores que tanto daño le han hecho a la política y a la sociedad.
Estamos en tiempos de lograrlo.