lunes, 23 de noviembre de 2015

Dos o tres cosas sobre el fin de ciclo

 

Osvaldo Bazán

Por: Osvaldo Bazán

 

Cristina Kirchner durante su último discurso en el Polo Tecnológico. Cristina Kirchner durante su último discurso en el Polo Tecnológico. Crédito: Télam Están enojados, tristes, desorientados.
No entienden cómo no nos damos cuenta de todo lo conseguido en estos doce años.
Están pasándolo mal y no me alegra. En la mayoría de los casos, claro, tampoco soy tan bueno.
Pero hay mucha gente buena, inteligente y querida que lo está pasando mal porque se termina lo que se termina y porque comienza lo que comienza.
Algunos de ellos están acá, sé quiénes son, sé que saben que sé y todo eso.
Y que hicimos lo que pudimos este tiempo para que nada fuera definitivo.
Para no decirnos cosas que estuvieron a punto de explotar.
Están enojados, tristes, desorientados.
No entienden.
Creo -con el derecho que tenemos siempre a equivocarnos- que no nos escucharon en todo este tiempo.
Que no nos tomaron en serio.
Que no les importó.
Pero los avisos estuvieron.
Hace poco alguien querido escribía "deberíamos reconocer que esas cadenas nacionales que tanto nos enamoraban quizás molestaban, habría que reducirlas".
Sí. Molestaban. Molestaban en su intento totalitario de "cuarenta millones de argentinos". Molestaba que desde la cúspide del poder ejecutivo alguien se dirigiera a sus conciudadanos como "abuelito amarrete", "inmobiliario especulador", o que la cultura del trabajo agropecuario fuera "el yuyo ése que crece sólo". Y lo dijimos en su momento. Y no sólo no nos escucharon. Nos humillaron por decirlo.
Decirle a alguien que no está de acuerdo "hacé un partido y ganá las elecciones" era terriblemente antidemocrático -y, como se demostró, temerario-. Abrieron, además, una puerta horrible: cuando el próximo gobierno haga algo que no les gusta y se quejen, habrán habilitado esa respuesta.
Decías "Milani" y te respondían "Te informa Clarín".
Salí a la calle porque mataron a un fiscal y las respuestas de la máxima autoridad del país fue "No tengo pruebas pero tampoco dudas" por facebook. En lugar de escuchar a los que salimos nos dijeron desde "marcha de zombies" hasta -como siempre- facistas.
Y no, no soy facista. Y me enoja un poder que me trata así.
Cuando hablan en nombre de "la cultura" insisten con esa actitud totalitaria. No queridos, no representan a "la cultura". No son tanto. No somos tan poco.
Pero haberse creído ser todo implicó que no escucharan.
No aceptaron una sola crítica.
En cuestiones más personales, no sentí la inclusión.
Me sentí expulsado de la marcha del orgullo a la que iba desde que estoy en Buenos Aires, siempre sin máscara. Era díficl cuando 100 tipos te gritan "Hijo de puta, hijo de Magnetto" en el escenario en el que había estado por casi diez años.
Me sentí expulsado cuando hice, como siempre, una nota periodística con tres fuentes y por publicarla tuve que aguantar que desde un medio estatal, cinco cuervos de los que no me voy a olvidar, me llevaron mintiendo a la picota pública, juzgaron mi carrera y lo único que tengo, mi credibilidad. Replicado, claro, en los medios paraestatales.
Los que me putearon en la puerta del Hotel Intercontinental de Mendoza, en una estación de Servicio en Colón -Entre Ríos- o a una cuadra de mi casa, en Corrientes y Gallo no contribuyeron para que me sintiera incluído.
¿Mi pecado antipatria?
Ser periodista de espectáculos en un medio designado por el Estado como enemigo. No estar de acuerdo. Decir públicamente que no estaba de acuerdo.
Ese fue mi pecado antipatria.

Algunas de estas cosas las conté públicamente y, lamentablemente, muchos amigos y conocidos de los que ahora están enojados, tristes y desorientados no se solidarizaron. No deploraron la actitud porque todo se referenció y justificó en nombre de un modelo que para mí siempre fue mentiroso, pero ése ni siquiera es el tema.

En treinta años de periodismo nunca me había pasado como me pasó una mañana en una radio FM con Nico Wiñaski que vinieran a decirnos "Acá tenés toda la libertad del mundo para criticar, si querés, a Macri. Pero nada más, porque la radio está floja de papeles y no vamos a hacer enojar al gobierno".
Me pasó a mí, le pasó a decenas de amigos y conocidos.
Como también a otros de golpe y más allá de sus valores profesionales, les aparecieron casas en countries y viajes por el mundo.
Nunca nos había ocurrido desde la vuelta a la democracia que criticar al gobierno se convirtiera en un acto de traición a la patria.
¿Saben qué?
No lo es.
No lo era antes, no lo fue en estos doce años y no lo será desde el 11 de diciembre.
Están enojados, tristes, desorientados.
Lo siento mucho si no entendieron desde el primer día que 678 era ilegal y, sí, facista. El Estado no puede de ninguna manera tener un programa en donde se denigre a cualquiera que los critique. Y lo tuvo. Y lo aplaudieron. Y llenaron de plata estatal a un grupo de gente que se dedicó a destrozar a cualquiera que pensara diferente, sin posibilidad de defensa. Un mediático juicio sumario estatal. Lo defendieron y no entendieron que lo pasamos mal.
Estaban de fiesta.
Y el ruido de la fiesta no los dejó escuchar.
Y me gustaría poder no ser tan literal pero la noche que estaban saqueando y matándose entre argentinos en Tucumán, Cristina bailaba en Casa Rosada. Les molestaba hasta que nos quejáramos de eso.
Pero mientras estaban de fiesta algunos de nosotros decíamos "no es una fiesta".
La respuesta era "armá un partido, ganá las elecciones".
Están enojados, tristes, desorientados.
Tan mal como bien estoy yo.
He abierto la ventana para que se vaya toda la porquería que recibí en estos años.
Sí, para mí el que termina el próximo 10 de diciembre es el peor gobierno de la democracia desde el 10 de diciembre de 1983.
Peor que Menem, sí.
Porque Menem no mintió sus ideas más horribles, no pervirtió el sentido de las palabras.
Siempre supimos quién era, dónde estaba parado, qué pensaba.
Creo de verdad que viene un país mejor.
Puedo estar equivocándome muchísimo y no sería tan grave.
Todo lo que ahora pasa es responsabilidad de quienes en doce años no escucharon.
Dicen -ni siquiera me interesa si con razón o no- cosas horribles del candidato que pregona el cambio de esto que hay.
Y esas cosas, horribles, no cambian a nadie la idea que tenemos que peor que lo que pasó, no va a ser.
Imagínense cómo la pasamos mientras ustedes no escuchaban y repetían "si no te gusta, armá un partido y ganá las elecciones".
Ocurrió eso.
Se trata de la democracia.
Hoy ganás, hoy perdés.
Siempre tenés que escuchar.
Y siempre, siempre, podés hablar.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Gane o pierda, el peronismo deberá renovarse

Por: Julio Bárbaro

Lindo tema para un día de elecciones el futuro del peronismo, más cuando un candidato dice ser heredero de nuestra historia y el otro aclara que está libre al menos de ese pecado.

Es bueno recordar que el peronismo vive a partir de la vigencia de la rebeldía que enfrentó a todos los que intentaron quedarse con su nombre sin respetar sus ideas. Los sellos son eso, sellos, no implican nada más. A la muerte del General, quedó como presidenta su esposa, Isabel, que cuando le fueron a comunicar a Perón que esa era la fórmula decidida por el Congreso les respondió, “Señores, al nepotismo se lo combate hasta en el África”. Tardaron una semana en convencerlo de que aceptara a Isabel como vice.

Al poco tiempo de asumir Isabel -y distorsionar casi todas las políticas-, treinta diputados fundamos el “Grupo de trabajo” para enfrentar a las deformaciones ideológicas. No fue fácil, la mayoría seguía oficialista, acompañado como siempre de algunos sindicalistas que nunca entendieron demasiado. Le hicimos juicio político a Lopez Rega -pensemos que en todas estas patriadas los compañeros de la guerrilla nos consideraban pobres reformistas; ellos imaginaban que el poder estaba en la boca del fusil, habían tomado distancia asesinando a Rucci y siendo expulsados de la Plaza.

Esos “imberbes” nunca entendieron nada de política, y aun hoy nos deben una autocrítica y un respeto ya que su vigencia es fruto de haberse acercado al peronismo, y no como intentan deformar, el peronismo tiene deuda con ellos. El peronismo es un partido de los trabajadores que nunca necesitaron de una vanguardia supuestamente iluminada.

Cuando triunfó Raúl Alfonsín salimos a construir la renovación, el viejo sello partidario estaba en manos de Saadi, hombre proclive a negociar con los restos de la guerrilla. Es la renovación la que nos permite recuperar la vigencia y el poder, y luego, con la traición ideológica de Menem, surge otra lucha, que en su final acompañan los Kirchner, para recuperar el pensamiento y la mística.

Los Kirchner nunca fueron parte de pretensiones ideológicas, solo buscaron el poder en su expresión más impune, y esa es la marca que queda de su paso por la política. Nunca acompañaron las luchas por los derechos humanos en los momentos donde hacerlo implicaba riesgo y compromiso, ni durante la Dictadura ni en sus años de gobernar Santa Cruz. Privatizaron desde el Banco Provincial hasta cumplir un papel imprescindible en la privatización de YPF que les aportó fondos que todavía no sabemos si tuvieron destino provincial o personal, y se apropiaron de la obra pública como nadie lo hizo antes. Sumaron restos de antiguos marxismos junto a los más impunes ambiciosos del enriquecimiento sin límite. Dejaron al peronismo en peor situación y crisis que el mismo Menem, que sin duda fue más frívolo pero menos perverso.

El peronismo es la historia del ingreso de los humildes a la vida política, es el recuerdo de la recuperación de la dignidad del pueblo. Como toda ideología exitosa, fue usurpada por cuanto ambicioso anduvo cerca, y está reducida hoy a un simple recuerdo que da votos. Pero el kirchnerismo está agotado y deja tras sí una mezcla absurda de sentimientos y una división siniestra entre sus fanáticos y los que ejercemos nuestro derecho a pensar distinto, los que reivindicamos sentirnos libres de opinar. El fanatismo siempre expresa las convicciones de los que no soportan la duda, forjan el dogma por el miedo a pensar. En el dogma la memoria sustituye a la razón.

Los negocios se comieron a los sueños, Perón volvió para abrazarse con Balbín, los Kirchner se asumen herederos de los “imberbes” expulsados de la Plaza. Una derecha económica con una izquierda extraviada, rara mezcla que nos deja en el peor de los mundos.

El peronismo sigue vivo, apenas respira en el seno del oficialismo en las personas de Urtubey y Randazzo, y por afuera se sostiene con fuerza en Massa y De la Sota, que hace rato salieron a enfrentar a esta secta que intenta usufructuar nuestros votos mientras desprecia el legado de nuestro Jefe.

Los peronistas, al menos muchos de ellos, preferimos votar a un centro-derecha que nos respeta antes que a una ambición desmedida e impune que intenta utilizarnos. Si lo pensamos bien, era más difícil perder la provincia de Buenos Aires que ganarla, pero los caprichos cuando no encuentran límites suelen terminar en derrotas.

La centro-izquierda tenía grandes posibilidades de ser la opción electoral, pero terminó dividido entre demasiados candidatos y pocas ideas. Viene el tiempo de una centro-derecha que se afirma en la democracia, esa que los kirchneristas despreciaban como limitación burguesa.  Al peronismo, si logramos sacarlo del pantano en el que lo deja el kirchnerismo que se retira, le queda el espacio del centro.

Gane quien gane hoy, estaremos saliendo del kirchnerismo, un autoritarismo con sueños de eternidad e impunidad. Gane quien gane, sin duda estaremos mejor.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Los juicios pendientes por lesa humanidad

 

Nicolás Márquez

Por: Nicolás Márquez

Todo indica que en breve la Argentina recuperará la democracia republicana; por consiguiente, es de esperarse una normalización institucional y un funcionamiento ajustado a derecho en los distintos poderes del Estado. Sobre todo en el Judicial, que ha sido protagonista de arbitrariedades y prevaricaciones sistemáticas a lo largo de todo el régimen que inaugurara Néstor Kirchner promediando el año 2003.

El punto clímax de este funcionamiento anómalo probablemente se haya dado en el marco del Poder Judicial, fundamentalmente en lo relativo a los paródicos juicios denominados de "lesa humanidad". Es decir, juicios impulsados contra miembros de las Fuerzas Armadas (a lo que encima les han sumado civiles) con motivo de la represión antiterrorista llevada a cabo durante los violentos años setenta. En efecto, esas persecuciones pretendidamente judiciales se vienen impulsando a instancias no del derecho ni del debido proceso, sino de la orden política dictada oportunamente desde el del Poder Ejecutivo Nacional en el 2003.

El crimen de lesa humanidad, conforme lo define el artículo 7 del Estatuto de Roma suscrito en 1998 e incorporado por la Argentina en el año 2001 (y cuya normativa es aplicable sólo a los hechos acontecidos con posterioridad a la incorporación de dicho estatuto en la legislación local) es el "ataque generalizado o sistemático contra una población civil". Se precia: "Por ataque contra una población civil se entenderá una línea de conducta que implique la comisión múltiple de actos contra una población civil, de conformidad con la política de un Estado o de una organización".

Nos interesa traer a comento dichas definiciones, puesto que desde que Néstor Kirchner ocupó el sillón de Rivadavia realizó un golpe de Estado a la Corte Suprema de Justicia al derrocar a cuatro de los siete jueces del cuerpo (es decir, el 57,2% de sus miembros), a fin de obtener una mayoría de facto e ilegítima con base en nombramientos de magistrados colocados por la ventana y, con ello, dar curso a la innoble cacería de militares y civiles (muchos de ellos octogenarios). Estos son acusados a la marchanta de haber actuado en la guerra antisubversiva, cuya represión se intensificó no a partir de marzo de 1976, sino de febrero de 1975, cuando el actual partido gobernante (a la sazón, capitaneado por Isabel Perón) ordenó a las Fuerzas Armadas mediante decretos sucesivos "aniquilar el accionar de los elementos subversivos" (Decretos 2770/771/772).

Si bien este conflicto armado culminó a fin de los años setenta y luego fue superado legalmente por indultos y normativas de pacificación (como las leyes de obediencia debida y punto final) emitidas en tiempos democráticos y avaladas en cuanto a su constitucionalidad por la Corte Suprema de Justicia (tanto durante la Presidencia de Raúl Alfonsín como en la de Carlos Menem y la del propio Fernando de la Rúa), la posterior corte de facto que irregularmente impuso Néstor Kirchner para perseguir ilegalmente a los militares ordenó desoír no sólo toda esa legislación, las sentencias y la jurisprudencia, sino vulnerar además los siguientes principios jurídicos reconocidos expresa y deliberadamente por nuestra Constitución Nacional. A saber, principio de cosa juzgada, principio de irretroactividad de la ley penal, principio de ley penal más benigna, principio de juez natural, principio de ne bis in idem (derechos previstos, entre otros artículos, por el 18 de la Constitución Nacional), además de los consabidos principios de prescripción previstos de sobra en la legislación penal vigente y en los tratados internacionales a los que nuestro país suscribe (tal el caso de la mismísima Convención Americana Sobre Derechos Humanos en su artículo noveno).

Pues bien, a partir de la imposición de esta Corte Judicial artificial, el aparato del Estado, por medio de sus dependientes y sus obedientes jueces federales (de los cuales el kirchnerismo nombró a más de la mitad durante su reinado), comenzó a perseguir injustamente y a sabiendas (es decir, incurriendo en prevaricato) a cuanto "genocida" presunto se le cruzara. La persecución fue llevada a cabo por estos indecorosos magistrados con el evidente objetivo de cuidar sus cargos, sus ascensos y otras especulaciones crematísticas o políticas.

Luego, este ataque sistemático y generalizado a la población octogenaria llevado adelante por esta embestida política a partir del año 2003 se encargó de encarcelar a más de dos mil personas (a pesar de que sólo 289 de los detenidos fueron condenados en este lapso), de los cuales 324 murieron en cautiverio (cantidad superior a los condenados) por expreso abandono de persona por parte de muchas de las autoridades judiciales que, por acción u omisión, incumplieron con sus deberes de funcionario público, ya que estos, no contentos con ordenar injustas detenciones, ni siquiera osaron otorgarles a sus secuestrados el pertinente arresto domiciliario. En su lugar, hacinaron a sus víctimas en cárceles manifiestamente inadaptadas para contener internos de edad avanzada, teniendo en cuenta que para el Código Penal Argentino el arresto domiciliario (previsto en su artículo 10) resulta operativo toda vez que el imputado supere los 70 años de edad: el promedio de edad de los dos mil presos a los que nos estamos refiriendo supera los 75 años (a los que hay que descontarles los 324 que fueron asesinados por el sistema).

Como el grueso de estos oficinistas que fungen de magistrados en la desacreditada burocracia judicial responden a un sistema político que les bajó órdenes específicas de violentar elementales principios constitucionales en el marco de este ataque sistemático y generalizado contra víctimas vulnerables que mueren a diario, urge imperiosamente que, al restaurarse y rescatarse el Estado de derecho a partir de diciembre del corriente, se lleven adelante todas las acusaciones e imputaciones habidas contra jueces, fiscales y funcionarios de todas las jerarquías que hayan participado directa o colateralmente en esta agresión física y moral contra quienes fueron primero mal encarcelados y posteriormente abandonados o apaleados por el arbitrario andamiaje estatal.

Proveer de conformidad será un esperado acto de justicia.

El autor es abogado e historiador. Su último libro se titula Perón, el fetiche de las masas. Biografía de un dictador (Prólogo de Rosendo Fraga). Unión Editorial. 2015.